26 de julio de 2019
Una noche en la que no tenía contemplado pensar, pero a veces, sin querer, la mente se llena de ideas, anhelos y recuerdos.
Yo quiero creer que Dios puede cambiarme el corazón.
Que puede transformar mi vida y, a través de ella, tocar la vida de otros.
Que puede hacer de mis manos un instrumento para aquello que todavía no alcanzo a imaginar.
Y quizá eso también sea tener esperanza en Dios: creer que incluso aquello que hoy no comprendo puede convertirse algún día en parte de una historia más grande.
Esa noche sentí que Jesús me invitaba a mirar hacia adentro.
No hacia mis certezas, sino hacia mi corazón.
Hacia ese lugar donde también viven mis heridas, mis carencias, mis preguntas y aquello que todavía me parece imposible.
Y pensé que quizá allí estaba mi misión.
Cuando nuestras heridas también pueden convertirse en misión
En aquello que más me duele.
En aquello que alguna vez me hizo sentir insuficiente.
En aquello que todavía no sé cómo sanar completamente.
Porque, ¿y si precisamente desde ahí Dios quiere hacer algo conmigo?
Mi misión tiene que ver con las personas: con sus carencias, con sus heridas, con sus dolores, con esa soledad que tantas veces nadie ve, con el abandono, con la pobreza del alma, con la angustia, la tristeza y esa amargura que a veces se instala silenciosamente en la vida.
Hay tanta gente intentando sobrevivir por dentro mientras por fuera parece estar bien.
Y quiero creer que mi vida puede hacer posible algo de lo que hoy parece imposible.
No porque yo tenga todas las respuestas.
Sino precisamente porque sé lo que significa no tenerlas.
Desde mi carencia.
Desde mi dolor.
Desde las veces en que también he necesitado que alguien me recuerde que todavía hay esperanza.
Quizá por eso mi misión concreta es también la que me devuelve la luz.
Me gusta mirar mi vida de esa manera: creer que incluso aquello que no entiendo puede tener un sentido que todavía no alcanzo a ver.
Que en medio de la noche más oscura puede aparecer una luz.
Que cuando todo parece perdido puede brotar un pequeño destello de esperanza.
A veces apenas cabe entre los dedos.
Pero está.
Y basta.
La esperanza en Dios no elimina la realidad
Porque quizá la esperanza no siempre llega como una certeza enorme.
A veces llega como una pequeña decisión:
levantarse,
respirar,
seguir,
creer un día más.
El Adviento me recuerda que para Dios todo es posible.
Pero cada vez entiendo más que creer en lo imposible no significa dejar de ver la realidad.
Significa mirarla y, aun así, no creer que la realidad tiene la última palabra.
La tradición cristiana habla precisamente de esa esperanza que sostiene incluso en medio de las pruebas y el abandono.
No se trata de fingir que nada duele.
Se trata de confiar incluso cuando todavía duele.
Es posible acabar con la negrura del alma.
Es posible creer contra toda esperanza.
Es posible sembrar amor cuando no he sido amado.
Es posible perdonar lo que parecía imperdonable.
Es posible volver a empezar.
Es posible encontrar una esperanza a la cual aferrarse incluso en medio del dolor más hondo.
Aunque me siga doliendo.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de la fe:
seguir creyendo mientras todavía duele,
seguir viendo una pequeña luz con los ojos cansados,
seguir confiando cuando todavía no entiendo.
La fe también puede ser vulnerable
Porque también he aprendido que hay momentos en los que no necesitamos comprender nuestra vida completa.
Solo necesitamos confiar en que tiene sentido.
Que mi vida importa.
Que hago falta en este mundo roto.
Que hay algo que puedo entregar.
Que incluso mis heridas pueden convertirse en lugares desde donde acompañar a otros.
Por eso me conmueve tanto recordar que Jesús también lloró.
La fe no siempre se parece a estar fuertes.
También puede parecerse a reconocer nuestras heridas, nuestras dudas y nuestros momentos de oscuridad sin sentir que por eso creemos menos.
Quizá aquello que hoy no comprendo algún día se convierta en una forma de servir.
Y aunque perder a alguien que amo, sentirme sola, ser herida o atravesar momentos de incertidumbre pueda hacerme preguntar por qué, también puedo preguntarme:
¿Para qué?
¿Para qué me está preparando esto?
¿A quién podré comprender gracias a lo que hoy estoy viviendo?
¿Qué amor podré ofrecer porque alguna vez también necesité recibirlo?
¿Qué luz podré encender en alguien porque alguna vez yo también estuve buscando una?
Encontrar propósito en aquello que vivimos
Tal vez no todo lo que vivimos tiene una explicación inmediata.
Y quizá tampoco deberíamos obligarnos a encontrarla.
Hay dolores que primero necesitan ser llorados.
Preguntas que necesitan tiempo.
Heridas que necesitan espacio.
Pero con los años he empezado a descubrir que nuestra historia también puede convertirse en un lugar desde donde acompañamos a otros.
No porque el dolor sea bueno.
Sino porque aquello que aprendemos atravesándolo puede transformarnos.
Esa idea atraviesa también Memorias de una creyente: mirar lo que duele, lo que falta y lo que hemos vivido para transformarlo en palabras, vulnerabilidad y esperanza.
Quizá nuestra misión no siempre aparece como una gran revelación.
A veces empieza reconociendo aquello que podemos ofrecer precisamente porque sabemos lo que significa haberlo necesitado.
Y entonces volví a encontrarte
Y entonces, mientras aprendía a respirar, me encontré de frente contigo.
Te pensé.
Viniste a mi mente como un rayo de luz en cámara lenta y, sin embargo, me envolviste a gran velocidad.
Y pensé:
¿Eres tú?
¿Eres tú quien ha estado detrás de toda esta búsqueda?
¿Eres tú quien me ha permitido caminar por tantos lugares para que finalmente comprendiera que mi proyecto de vida no consiste solamente en hacer cosas, alcanzar metas o encontrar respuestas?
Quizá consiste en permanecer en Ti.
Volver a Ti.
Encontrarte en medio de todo.
Incluso en aquello que no entiendo.
Incluso cuando me duele.
Incluso cuando tengo miedo.
Te necesito.
Por favor, ayúdame.
Ayúdame a no desperdiciar lo vivido.
A convertir mis heridas en sensibilidad y no en amargura.
A convertir mis carencias en comprensión, mis preguntas en búsqueda, mis lágrimas en compasión, mi historia en servicio y mi vida en algo que pueda entregarte.
Lo imposible también puede convertirse en camino
Porque, si todo lo que soy y todo lo que he vivido ha sido camino, quizá el destino nunca fue tener todas las respuestas.
Quizá era encontrarte.
Y quedarme contigo.
Escribí estas palabras el 26 de julio de 2019.
Hoy las vuelvo a leer y descubro que algunas preguntas tardan años en responderse.
Tal vez la misión no aparece completa de un día para otro.
A veces se va revelando mientras vivimos.
Mientras perdemos.
Mientras amamos.
Mientras sanamos.
Mientras aprendemos a poner nuestra historia al servicio de algo más grande que nosotros mismos.
Y quizá por eso sigo creyendo en la esperanza en Dios.
No como la certeza de que todo ocurrirá exactamente como deseo.
Sino como la confianza de que incluso aquello que hoy parece imposible puede convertirse, con el tiempo, en camino.
En aprendizaje.
En servicio.
En amor.
En misión.