1 de septiembre de 2020
Escribí estas palabras durante la cuarentena. Hoy, años después, vuelvo a ellas y descubro que algunas preguntas siguen siendo nuestras.
Tal vez lo que escribo no tenga mucho sentido ahora mismo, y me refiero a esta época, porque pienso que está sobresaturada de información.
Sin embargo, sé que este relato, a lo mejor, servirá en cualquier otro momento.
Porque, aunque cambien las circunstancias, sigue existiendo una pregunta que nos acompaña:
¿qué hacemos con nuestra libertad de elegir?
No he lidiado con el aburrimiento o la desesperación de lo que muchos llaman “encierro”.
Creo que eso se debe a que, cuando todos eran “libres de moverse”, yo no lo era.
Definitivamente, no es lo mismo estar en cuarentena para salvaguardar tu salud y la de los demás, que estar legalmente libre de movilizarte y no poder salir de casa a causa de una enfermedad.
Hoy agradezco que, aunque no puedo salir de casa, no estoy lidiando con un dolor que, a veces, es tan agónico que me estremece la mente.
Qué irónico, ¿no?
Algunos están aliviados, exponiéndose con necedad, y unos cuantos, como yo, celebramos un día sin dolor, aunque no podamos salir de casa.
Esta declaración tendrá muchos detractores.
Es claro que hay muchas realidades que erizan mi piel, y no de felicidad:
hay quienes no pueden estar en casa;
otros tienen casa, pero no hogar;
otros viven confrontaciones que nadie ve.
Son innumerables las situaciones que pueden presentarse.
Pero en medio de todas ellas seguimos tomando decisiones.
La libertad de elegir también nos hace responsables
Sin embargo, también hay quienes pueden actuar de otra manera y deciden no hacerlo.
Personas que no quieren creer.
Que no quieren ver más allá de sí mismas.
Y alguna vez todos hemos jugado ese rol.
Solo que ahora se nota más porque necesitamos de los demás para estar a salvo.
¿Cuántas veces en la vida han necesitado de nosotros para estar a salvo?
Eso se lo dejo a cada uno.
Yo ya me respondí.
Muchos tienen un dedo juzgador y otro que les apunta a sí mismos sin darse cuenta, porque la culpa, cuando se comparte, no “pesa tanto”, aunque esto no nos ayuda a sanar en lo absoluto.
Quizá por eso la libertad de elegir no consiste solamente en hacer lo que queremos.
También implica preguntarnos qué consecuencias tienen nuestras decisiones sobre nosotros y sobre los demás.
La tradición cristiana habla precisamente de esa relación entre libertad y responsabilidad: la libertad nos permite actuar deliberadamente, pero también nos hace responsables de aquello que elegimos.
Y esa idea siempre me ha parecido profundamente incómoda y hermosa.
Porque ser libres también significa hacernos cargo.
¿Qué dejamos entrar en nosotros?
No sé si crean en Dios.
Si tienen alguna práctica religiosa.
Si oran.
Si meditan.
O si activan su dimensión espiritual de alguna manera.
Solo tengo claro que cada ser humano tiene un proceso en esa dimensión, y que puede ser tan único como las huellas de sus dedos.
Cada línea marca un hecho en el proceso.
Es íntimo, superficial o profundo según la elección.
Y quizá eso también forma parte de nuestra libertad de elegir.
Creo en el libre albedrío que nos dio Dios.
Si así no fuera, todos creeríamos en Él.
No me imagino a un Dios con ganas de “controlarlo todo” y tener “títeres”, imponiéndonos creer en Él.
Pero claramente esa no es nuestra realidad.
Tenemos toda la libertad de decidir.
Voluntad libre y consciente.
Sin estas dos, podemos empezar a tomar decisiones influenciados únicamente por el ruido exterior, perdiendo de vista lo esencial.
Y entonces aparecen preguntas que sigo considerando necesarias:
¿De qué nos alimentamos?
¿Filtramos lo que el mundo ofrece en todos sus aspectos?
¿O simplemente cualquier idea nos mueve las raíces?
Eso también es cosa de cada quien.
Elegir también es mirar hacia adentro
Con el tiempo he comprendido que algunas decisiones importantes no se toman únicamente afuera.
También suceden dentro.
Elegimos qué pensamientos alimentamos.
Qué voces escuchamos.
Qué heridas dejamos gobernarnos.
Qué ideas asumimos como propias.
Y qué lugar le damos a aquello que creemos.
Por eso me identifico tanto con lo que atraviesa Memorias de una creyente: esa búsqueda hacia adentro donde la fe no se presenta como ausencia de preguntas, sino como una manera de atravesarlas.
Porque creer no significa dejar de pensar.
Tampoco significa tener todas las respuestas.
A veces creer empieza precisamente cuando tenemos que elegir qué hacemos con nuestras dudas.
Dios está, pero también podemos elegir abrirle espacio
Finalmente, puedo decirles que, en mi caso personal, he aprendido en este tiempo que Dios no necesita nuestra autorización para estar.
Total, siempre está:
en nuestro momento más excelso
y en la peor de las oscuridades.
Ahora bien, la forma en que queremos que Él esté presente en nuestra vida también requiere nuestra voluntad libre y consciente.
No porque podamos controlar a Dios.
Sino porque podemos decidir si queremos abrirnos a esa relación.
Si queremos buscar.
Preguntar.
Escuchar.
Volver.
Y, quizá, confiar.
De ahí en adelante, agárrense.
Porque eso de que Dios hace las cosas posibles y no fáciles es tan cierto como que podemos mirar la inmensidad de la creación y darnos cuenta de que no fuimos nosotros quienes la hicimos.
A veces elegir también significa volver a nosotros
Hay momentos en los que la libertad no se siente como una gran puerta abierta.
A veces se parece simplemente a reconocer que podemos elegir algo diferente.
Un límite.
Una conversación.
Una pausa.
Un camino.
Una manera distinta de vivir.
Es algo que también aparece en La vida que me debía: volver a escuchar aquello que hemos postergado, recuperar nuestros deseos y reconocer las decisiones que quizá dejamos demasiado tiempo en manos de las circunstancias.
Porque no todo depende de nosotros.
Eso también lo he aprendido.
Hay enfermedades.
Pérdidas.
Cambios.
Situaciones que nunca elegimos.
Pero incluso allí, muchas veces queda una pequeña parcela de libertad:
la posibilidad de elegir qué hacemos con lo que nos pasó.
Cómo lo atravesamos.
Qué dejamos crecer dentro de nosotros.
Qué aprendemos.
Qué rechazamos.
Y hacia dónde queremos dirigirnos después.
Hoy vuelvo a estas palabras y me pregunto qué habrá cambiado desde entonces.
Quizá muchas cosas.
Quizá algunas no tanto.
Pero sigo creyendo que la libertad también está en elegir conscientemente qué dejamos entrar en nosotros y qué lugar queremos darle a Dios en nuestra vida.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de la libertad de elegir:
no hacer simplemente lo que queremos en cada momento,
sino aprender a reconocer qué elegimos,
por qué lo elegimos
y en quién queremos convertirnos después de hacerlo.
Porque elegir también puede ser una forma de creer.