Hay temporadas en las que la mente se convierte en un lugar difícil de habitar.
No siempre ocurre algo afuera que explique lo que pasa adentro.
La vida puede continuar con aparente normalidad: el trabajo, las responsabilidades, las conversaciones, las personas que queremos, los planes que siguen esperando.
Y, sin embargo, algo dentro de nosotros empieza a sentirse diferente.
A veces me asusta reconocer que tengo una tendencia enorme a deprimirme.
Me asusta porque conozco ese lugar.
Sé lo que se siente cuando la tristeza empieza a ocupar demasiado espacio, cuando la mente se llena de pensamientos que no quiero alimentar y cuando aquello que antes me hacía ilusión comienza a sentirse lejano.
Hay días en los que me distraigo con cualquier cosa para no pensar, porque detenerme significa escuchar demasiado ruido por dentro.
Y quizá una de las preguntas más difíciles en esos momentos sea:
¿cómo puedo volver a sentirme bien cuando ni siquiera sé exactamente qué me está pasando?
Volver a sentirme bien no siempre significa dejar de estar triste
He aprendido que la tristeza profunda no siempre se parece a llorar.
Algunas veces se parece al cansancio.
A no querer levantarse.
A cumplir con lo necesario mientras por dentro una parte de ti está intentando entender cómo volver a sentirse viva.
Se parece a estar rodeada de personas y sentirte sola.
A querer explicar lo que te pasa y no encontrar las palabras.
A saber que tienes cosas por agradecer y, aun así, no conseguir sentirte agradecida.
Y quizá una de las cosas más difíciles sea preguntarte por qué no puedes simplemente estar bien.
Durante mucho tiempo pensé que debía encontrar la manera de salir de esos lugares rápidamente.
Como si sentirme triste fuera un problema que tenía que solucionar cuanto antes.
Como si tener fe significara no volver a caer.
Como si haber aprendido ciertas lecciones me hiciera inmune a los días oscuros.
Pero la vida me ha enseñado otra cosa.
Hay momentos en los que no necesito exigirme estar bien. Necesito escucharme.
Necesito reconocer que algo me está pasando.
Que mi mente necesita descanso.
Que mi cuerpo también habla.
Y que pedir ayuda no significa que haya fracasado.
Significa que estoy intentando cuidarme.
La Organización Mundial de la Salud explica que la depresión puede manifestarse de formas distintas y que existen tratamientos eficaces. También recuerda que buscar apoyo, hablar con alguien de confianza y acudir a un profesional de salud cuando lo necesitamos forman parte del cuidado.
Y quizá también sea importante recordar eso:
no todo tenemos que atravesarlo solos.
Escribir también puede ser una forma de escucharme
En uno de esos momentos escribí que necesitaba sacar de mí todo aquel vacío y aquella tristeza.
Lo escribí como quien necesita abrir una ventana en una habitación que lleva demasiado tiempo cerrada.
Y quizá escribir ha sido muchas veces eso para mí:
una manera de dejar salir lo que no sé decir en voz alta.
Cuando escribo puedo mirar de frente aquello que me asusta.
Puedo preguntarme qué estoy cargando.
Qué me pertenece y qué no.
Qué necesito dejar ir.
Y qué merece permanecer.
Puedo reconocer que no todo pensamiento merece convertirse en verdad y que no todo aquello que siento tiene que decidir por mí.
Tal vez por eso sigo regresando a las palabras.
En A veces, guardar silencio también es amar escribí precisamente sobre esa necesidad de poner nombre a lo que sentimos cuando el silencio empieza a pesar demasiado.
A veces escribir no resuelve lo que nos pasa.
Pero puede ayudarnos a escucharnos.
Y, algunas veces, eso ya es un comienzo.
Aprender a permanecer de mi propio lado
También he tenido que aprender a ser más amable conmigo.
No solamente cuando estoy orgullosa de quien soy.
Cuando estoy creando.
Cuando estoy trabajando.
Cuando tengo energía.
O cuando siento que avanzo.
También cuando no puedo con todo.
Cuando estoy cansada.
Cuando no sé qué quiero.
Cuando siento que vuelvo a empezar desde cero.
Quizá aprender a estar conmigo en paz y amor sea uno de mis retos más grandes.
Porque es fácil quererme cuando me gusto.
Lo difícil es permanecer de mi lado cuando no me reconozco.
Y tal vez volver a sentirme bien también empiece ahí:
no abandonarme precisamente en los momentos en los que más necesito compañía.
La fe también puede existir en los días oscuros
Y ahí también aparece Dios.
No siempre como una respuesta inmediata.
A veces simplemente como una conversación.
Como ese lugar al que puedo llegar cuando ya no sé qué hacer con lo que siento.
Le escribo.
Le pregunto.
Le reclamo.
Le agradezco.
Le pido ayuda.
Hay momentos en los que mi oración no es más que unas pocas palabras.
“Jesús, ayúdame.”
Y quizá eso también sea una forma de fe.
No tener todas las respuestas, pero seguir buscando.
No sentirme fuerte, pero seguir creyendo.
No entender lo que está pasando, pero confiar en que mi vida no se reduce a este momento.
He aprendido que creer no significa que nunca volveré a tener días oscuros.
Significa que un día oscuro no tiene por qué convertirse en toda mi historia.
Puedo estar triste y seguir teniendo esperanza.
Puedo sentir miedo y seguir caminando.
Puedo no entender y seguir preguntando.
Puedo necesitar ayuda y seguir siendo valiosa.
Puedo volver a caer y volver a levantarme.
No quiero romantizar el dolor
Y no quiero romantizar el dolor.
No quiero pensar que necesitamos destruirnos para renacer.
Ni que toda herida tiene que convertirse inmediatamente en una lección.
Hay dolores que simplemente duelen.
Hay días que simplemente pesan.
Y está bien reconocerlo.
La esperanza no necesita negar el dolor para existir.
Puede vivir al lado de él.
A veces pienso en el fénix, en esa imagen de algo que parece consumirse por completo y aun así encuentra una manera de volver a levantarse.
Pero hoy prefiero pensar que renacer no siempre significa arder.
A veces renacer es algo mucho más pequeño.
Es abrir las cortinas.
Salir a caminar.
Comer algo.
Responder una llamada.
Escribir una página.
Aceptar un abrazo.
Mirar las montañas desde una ventana.
Reírse con alguien que amas.
Volver a escuchar una canción.
Sentir el sol sobre la piel.
Dar gracias por el rayo de luz que entra por la ventana.
Hay momentos en los que esas cosas parecen insignificantes.
Y hay otros en los que pueden convertirse en una forma de volver a la vida.
Volver a mí también puede empezar con algo pequeño
Con el tiempo empecé a querer vivir desde ahí:
desde lo pequeño que sí está.
Agradecer cada granito de comida.
El rayo de luz.
La gota de lluvia.
La sombra de un árbol.
La sonrisa de quien amo.
El abrazo de mi familia.
La compañía de un amigo.
La posibilidad de crear.
El paisaje que aparece detrás de una ventana.
La vida de los animales.
El misterio de estar aquí.
No porque ahora todo sea perfecto.
Sino porque entendí que esperar a que todo esté perfecto para disfrutar la vida es una manera muy triste de aplazarla.
Quiero volver a encontrarme conmigo.
Quiero descubrir qué cosas me hacen bien.
Quiero recuperar mi creatividad.
Quiero sentirme en paz con el mundo y conmigo.
Quiero viajar, conocer, escribir, cantar, reír, cocinar, amar, caminar y sentarme frente a un paisaje sin sentir que tengo que estar haciendo algo más.
Quiero tener una vida que no solamente se vea bien desde afuera.
Quiero que también se sienta habitable por dentro.
Esa búsqueda tiene mucho que ver con lo que atraviesa La vida que me debía: volver a elegirse, escuchar aquello que hemos postergado y recuperar nuestro lugar dentro de nuestra propia historia.
Porque a veces regresar a nosotros mismos no requiere cambiar toda nuestra vida.
Requiere empezar a escucharnos otra vez.
No tengo que reconstruir toda mi vida hoy
Y quizá esa sea una de las cosas que más estoy aprendiendo:
no tengo que reconstruir toda mi vida de una sola vez.
Puedo empezar por hoy.
Por este día.
Por esta respiración.
Por esta página.
Por este pequeño acto de amor hacia mí misma.
Hay días en los que vivir pesa.
Hay días en los que volver a ti cuesta.
Hay días en los que sobrevivir parece ser lo único que puedes hacer.
Y si alguna vez vuelvo a estar ahí, quiero recordar que ya he encontrado luz antes.
A veces en una persona.
A veces en una palabra.
A veces en una oración.
A veces en un paisaje.
A veces en una página escrita a mano.
Y algunas veces, cuando todo lo demás parece demasiado lejos, en el simple hecho de seguir aquí.
Volver a habitar mi propia vida
Quizá volver a habitar mi propia vida no significa encontrar nuevamente a la mujer que fui.
Quizá significa conocer, con más ternura, a la mujer en la que me estoy convirtiendo.
Una mujer que todavía tiene preguntas.
Que todavía puede tener días oscuros.
Que todavía necesita ayuda.
Que todavía está aprendiendo.
Pero que también sabe algo que antes no sabía:
que la vida puede volver a sentirse cercana.
Que la esperanza puede regresar despacio.
Que la fe puede convivir con las preguntas.
Y que volver a sentirme bien quizá no signifique regresar exactamente a quien era antes.
Puede significar aprender a reconocerme de otra manera.
Con más paciencia.
Con más compasión.
Con menos exigencia.
Y con la certeza de que pedir ayuda, descansar, empezar de nuevo o avanzar más despacio no hacen mi camino menos valioso.
Incluso después de haber pasado por lugares donde pensé que no quería estar, todavía puedo mirar alrededor y decir:
Quiero estar aquí.
Quiero vivir.
Quiero sentir.
Quiero amar.
Quiero crear.
Quiero seguir descubriendo esta vida.
Y quiero aprender, poco a poco, a habitarla.