18 de abril de 2020
Durante mucho tiempo tuve bastantes discusiones con mi papá. Tenemos diferencias, pensamos distinto en muchas cosas y, cuando no lográbamos entendernos, yo terminaba con el genio alborotado, intentando explicar mi punto de vista, defender lo que pensaba y demostrarle por qué, desde mi perspectiva, él estaba equivocado.
Y casi siempre terminábamos igual: los dos molestos, los dos sintiendo que el otro no nos entendía y ninguno realmente escuchando.
Hasta que una noche algo cambió.
Llegué de trabajar y mi papá estaba irritado. Me dijo muchas cosas. Algunas fueron ofensivas y, como era habitual en mí, sentí inmediatamente esas ganas de responder. Tenía argumentos, tenía cosas para decir y tenía la necesidad de defenderme.
Pero esa noche hice algo diferente.
Decidí guardar silencio.
No porque no me hubiera molestado, no porque estuviera de acuerdo y mucho menos porque no tuviera nada que decir.
Simplemente entendí que aquella noche no era el momento.
Lo dejé hablar y hablar hasta que finalmente guardó silencio.
Subí a mi habitación, me cambié y bajé a cenar como si nada hubiera pasado. Él me sirvió la comida y yo le hablé.
No resolvimos nada esa noche, pero tampoco nos hicimos más daño.
Más tarde escuché a mi papá hablar con mi mamá. Le decía que se había pasado de la raya conmigo, que me había dicho cosas que no debía y que le había sorprendido muchísimo que yo no hubiera respondido.
Mi mamá le dijo que debía pedirme disculpas.
Y lo hizo.
Pero lo más importante no fue solamente esa disculpa.
Fue lo que vino después.
Nuestra relación empezó a cambiar.
Guardar silencio no siempre significa no tener nada que decir
Aprendí algo que todavía intento practicar:
no todos los momentos son adecuados para decir lo que pensamos.
Hay conversaciones que necesitan tiempo.
Hay palabras que necesitan calma.
Hay discusiones que no se resuelven hablando más fuerte.
Y hay momentos en los que guardar silencio no significa perder.
Significa elegir.
Elegir no reaccionar desde la rabia.
Elegir no decir algo de lo que después podamos arrepentirnos.
Elegir esperar hasta que el corazón esté un poco más tranquilo para poder hablar desde otro lugar.
Esa noche también fui consciente de algo sobre mí.
Yo sentía muchísimo mal genio y ya sabía que mi temperamento había sido una fuente de sufrimiento para mí durante mucho tiempo. Cuando mi papá decía algo que me molestaba, inmediatamente quería debatirle.
Pero también entendí que mi manera de responder —el tono, la rabia, la necesidad de llevar la conversación hasta demostrar mi punto— hacía que él interpretara mi intención como una necesidad de llevarle la contraria.
Y quizá, aunque yo creyera tener la razón en algunas cosas, mi manera de comunicarlo terminaba alejándonos.
Entonces empecé a preguntarme:
¿De qué sirve tener razón si la manera de defenderla termina lastimando la relación?
No siempre necesitamos ganar una discusión.
A veces necesitamos cuidar el vínculo.
Comprender antes de responder
También aprendí a mirar a mi papá desde otro lugar.
A ponerme en sus zapatos.
A pensar que muchas de las formas en las que aprendemos a comunicarnos vienen de nuestra propia historia, de lo que vimos, de lo que nos enseñaron y de las herramientas que tuvimos disponibles.
Eso no significa justificar aquello que está mal.
Significa intentar comprender antes de juzgar.
Y comprenderlo me permitió verlo no solamente como mi papá, sino como un ser humano que también ha tenido que aprender a vivir, a equivocarse y a relacionarse con los demás.
Un hombre que, con sus errores y sus aciertos, me ha amado profundamente.
Y hubo algo hermoso en descubrir que mi silencio también podía enseñarle algo.
No porque quisiera darle una lección, sino porque al no entrar en la misma dinámica de siempre, la conversación pudo terminar de otra manera.
Él pudo escucharse.
Yo pude escucharme.
Y los dos tuvimos la oportunidad de hacer algo diferente.
Desde entonces empezamos a conversar mucho más.
Seguimos pensando distinto.
Seguimos teniendo desacuerdos.
Pero aprendimos a hablar sin ofendernos, a escucharnos y a dejar que cada uno exponga lo que piensa.
Y, cuando sentimos que una conversación empieza a acercarse al lugar donde ninguno de los dos quiere estar, aprendimos algo tan sencillo como poderoso:
a veces es mejor guardar silencio y volver a hablar después.
La American Psychological Association explica que, cuando el enojo comienza a intensificarse durante una conversación, hacer una pausa para recuperar la calma puede ser una forma más saludable de afrontar el conflicto.
Quizá aquella noche yo no sabía nada de esto.
Solo entendí que continuar discutiendo iba a hacernos daño.
Y por primera vez elegí parar.
La rabia también necesita una pausa
Antes pensaba que controlar mi temperamento significaba dejar de sentir rabia.
Hoy sé que no.
La rabia puede aparecer.
El desacuerdo puede aparecer.
La frustración puede aparecer.
La diferencia está en lo que hacemos con aquello que sentimos.
Porque sentir no siempre está bajo nuestro control, pero sí podemos aprender a elegir qué hacemos después de sentir.
Y quizá eso sea también una forma de cuidarnos.
Cuidarme fue detenerme antes de responder.
Fue respirar.
Fue pensar en las cosas buenas de mi papá mientras lo escuchaba.
Fue recordar que una conversación difícil no tenía por qué convertirse en una batalla.
Pero también fue cuidar nuestra relación.
Porque cuando dejamos de reaccionar desde la herida, muchas veces abrimos un espacio para que el otro también pueda mirarse.
Con el tiempo entendí que saber cuándo guardar silencio es tan importante como escoger el momento indicado para decir las cosas.
No todo silencio es indiferencia.
No todo silencio es miedo.
No todo silencio significa que no tenemos nada que decir.
A veces el silencio es una pausa.
Una manera de no herir.
Una forma de escucharnos.
Una oportunidad para que la emoción baje y la razón pueda volver a ocupar su lugar.
Y, algunas veces, guardar silencio también es una forma de amar.
Pero no todo debe quedarse en silencio
También he aprendido que existe otra cara del silencio.
Hay sentimientos que necesitamos nombrar.
Heridas que necesitan palabras.
Emociones que, cuando las guardamos durante demasiado tiempo, terminan pesando.
Sobre eso escribí en Volver a habitar mi propia vida: porque aprender cuándo callar es importante, pero también lo es reconocer cuándo necesitamos hablar.
Guardar silencio no debería significar desaparecer dentro de una relación.
No debería significar permitir una falta de respeto constante.
No significa aceptar aquello que nos lastima.
Hay cosas que necesitan ser dichas.
Hay límites que necesitan ser puestos.
Hay heridas que necesitan ser nombradas.
La diferencia está, muchas veces, en desde dónde elegimos decirlas.
Podemos hablar desde la rabia.
O podemos esperar y hablar desde la claridad.
Podemos responder para ganar.
O conversar para intentar comprendernos.
Cuidar la relación también puede ser una forma de amar
Y esto no lo aprendí solamente para mi relación con mi papá.
Creo que puede servirnos con cualquier persona que amemos.
Con una pareja.
Con un hermano.
Con una madre.
Con un amigo.
Con alguien con quien compartimos la vida y que, precisamente porque nos importa, puede llegar a tocar nuestras fibras más sensibles.
Porque cuanto más amamos a alguien, más fácilmente podemos reaccionar desde la herida.
Y quizá por eso vale la pena preguntarnos, antes de responder:
¿Quiero tener la razón o quiero cuidar esta relación?
No significa que siempre debamos escoger entre una cosa y la otra.
Pero sí podemos preguntarnos si aquello que estamos a punto de decir construye el diálogo o solamente intenta ganar la discusión.
A veces olvidamos cuánto significan las conversaciones aparentemente pequeñas con quienes amamos. En Mientras la vida está pasando escribí sobre algo que cada vez intento recordar más: las personas, las conversaciones y los días cotidianos que hoy damos por sentados algún día también serán memoria.
Tal vez por eso cuidar la manera en que hablamos con quienes amamos importa tanto.
Porque una relación no está construida únicamente por los grandes momentos.
También está hecha de cientos de conversaciones pequeñas.
De cómo respondimos.
De cuándo escuchamos.
De las palabras que dijimos.
Y, algunas veces, de las palabras que tuvimos la sabiduría de guardar para otro momento.
No siempre tendremos que callar.
Hay cosas que necesitan ser dichas.
Hay límites que necesitan ser puestos.
Hay heridas que necesitan ser nombradas.
Pero también hay conversaciones que merecen otra oportunidad, en otro momento y desde otro lugar.
Quizá amar también sea aprender a reconocer la diferencia.
Porque al final, no se trata de ganar las discusiones con las personas que amamos.
Se trata de encontrar una manera de seguir encontrándonos después de ellas.