20 de abril de 2020
Hay lugares a los que uno vuelve sin saber exactamente qué está buscando.
A veces creemos que regresamos por una persona, por una conversación pendiente o por la nostalgia de lo que alguna vez fuimos. Pero con el tiempo he aprendido que, muchas veces, uno vuelve porque hay una parte de sí mismo que todavía necesita entender algo. Quizá sanar emocionalmente también empiece ahí: en atrevernos a mirar de nuevo aquello que alguna vez nos dolió.
Hace algunos años sentí que mi vida se había detenido.
No porque el mundo hubiera dejado de moverse. Al contrario: todo seguía sucediendo mientras yo intentaba encontrar la manera de sostenerme. Había días en los que levantarme parecía un acto de voluntad. Días en los que las preguntas eran más grandes que las respuestas y en los que incluso aquello que alguna vez me había dado certeza parecía demasiado lejos.
En medio de uno de esos momentos llegué a una capilla.
No tenía un discurso preparado. No sabía exactamente qué decirle a Dios. Solo recuerdo sentarme allí con todo lo que no sabía cómo acomodar dentro de mí.
Y recé.
Quizá la fe no siempre se parece a tener respuestas. A veces se parece simplemente a quedarse.
A sentarse frente a Dios con el corazón desordenado y decir: no sé qué hacer, pero aquí estoy.
No fue que después de esa oración todo se solucionara.
La vida no funciona así.
Pero algo dentro de mí entendió que todavía había camino.
Y seguí.
Sanar emocionalmente también es aprender a soltar
Después aprendí que también hay personas que llegan a nuestra vida en momentos en los que necesitamos recordar quiénes somos. Algunas se quedan. Otras se van. Algunas historias tienen un final claro y otras permanecen durante mucho tiempo en ese lugar extraño de las cosas que no terminaron de ser.
Y quizá una de las cosas más difíciles de crecer es aceptar que no todo lo que amamos está destinado a quedarse.
Hay afectos que no desaparecen porque hayan terminado.
Hay recuerdos que no pierden su belleza porque ya no formen parte de nuestro presente.
Y hay preguntas que quizá nunca tendrán una respuesta completa.
Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba cerrar todas las puertas.
Hoy no estoy tan segura.
Quizá sanar emocionalmente también consiste en poder mirar hacia atrás sin querer regresar.
En recordar sin necesitar repetir.
En agradecer lo vivido sin convertirlo en una deuda con el futuro.
Hay una frase de una canción de Mercedes Sosa que siempre me ha acompañado:
“Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida”.
Y creo que es verdad.
Volvemos a ciertas ciudades, a ciertas calles, a determinados cafés, a canciones, fotografías, libros o lugares que alguna vez fueron importantes.
Pero cuando regresamos, algo ha cambiado.
El lugar puede seguir exactamente igual y, sin embargo, nosotros ya no somos los mismos.
Y ahí ocurre algo hermoso y doloroso a la vez:
descubrimos que no siempre regresamos para recuperar lo que perdimos.
A veces regresamos para encontrarnos con la persona que fuimos y despedirnos de ella con ternura.
Para reconocer cuánto nos dolió.
Cuánto amamos.
Cuánto sobrevivimos.
Y cuánto hemos aprendido desde entonces.
La memoria también puede convertirse en un lugar de sanación
Porque esos lugares donde alguna vez amamos la vida también pueden convertirse en lugares donde la vida empieza a sanarse.
He entendido que la vida no siempre sana borrando.
A veces sana integrando.
Haciendo espacio para aquello que ocurrió sin permitir que aquello que ocurrió decida todo lo que viene.
Es algo sobre lo que he vuelto muchas veces al escribir: la memoria también sabe sanar cuando dejamos de verla únicamente como el lugar donde vive aquello que perdimos y empezamos a reconocerla como parte de lo que somos.
Quizá por eso algunas heridas vuelven a doler cuando regresamos a determinados lugares. No necesariamente porque estemos retrocediendo, sino porque hay memorias que el corazón necesita mirar nuevamente desde otra versión de nosotros.
La pérdida también puede despertar emociones, recuerdos y preguntas que necesitan tiempo para encontrar un nuevo lugar dentro de nosotros. Incluso desde la psicología se reconoce que atravesar una pérdida no significa simplemente olvidar o dejar atrás, sino aprender poco a poco a adaptarnos a una realidad diferente.
Y quizá entender eso también nos permita ser más compasivos con nuestros propios procesos.
Volver al mismo lugar con otros ojos
Tal vez eso también sea crecer:
volver al mismo lugar con otros ojos.
Volver a una historia con otro corazón.
Volver a una herida y descubrir que ya no sangra de la misma manera.
No sé si algún día dejaremos de extrañar por completo aquello que alguna vez amamos profundamente.
Tal vez no.
Y quizá tampoco sea necesario.
Hay amores que se transforman en gratitud.
Hay pérdidas que se convierten en memoria.
Hay lugares que dejan de ser destinos y se convierten en parte de nuestra historia.
Y hay momentos en los que solo podemos mirar al cielo y reconocer que, a pesar de todo lo que no entendimos, seguimos aquí.
Con cicatrices.
Con preguntas.
Con fe.
Con ganas de volver a empezar.
La fe también puede acompañarnos mientras sanamos
A veces hablamos de la fe como si tenerla significara comprender todo lo que ocurre. Pero mi experiencia ha sido distinta.
La fe también ha sido aprender a permanecer cuando no tengo respuestas.
A confiar cuando todavía hay preguntas.
A reconocer que incluso el dolor puede tener un lugar delante de Dios.
Por eso siempre me conmueve recordar que Jesús también lloró. Hay algo profundamente humano en una fe que no nos exige esconder el dolor, sino que nos permite atravesarlo.
Quizá sanar emocionalmente tampoco signifique dejar de sentir aquello que nos dolió. Tal vez signifique descubrir que podemos sentirlo sin quedarnos atrapados para siempre allí.
Porque quizá la vida no consiste en evitar que nos rompan el corazón.
Quizá consiste en aprender que, incluso después de haberlo sentido roto, todavía podemos volver a abrirlo.
Y volver a amar la vida.
Esta vez, de otra manera.
Escribí estas palabras el 20 de abril de 2020.
Hoy las vuelvo a leer desde otro lugar de mi vida.
Y quizá eso sea también una forma de sanar emocionalmente: descubrir que las palabras que un día escribimos desde el dolor pueden convertirse, con el tiempo, en testimonio de que seguimos caminando.