HASTA DONDE FUE POSIBLE

11 de marzo de 2021

Hay amores que llegan sin pedir permiso.

No los estábamos buscando, no los imaginábamos y tal vez incluso habríamos preferido que no sucedieran.

Y, sin embargo, suceden.

Se meten en nuestras conversaciones, en nuestras rutinas, en nuestras canciones, en las cosas pequeñas que empezamos a recordar porque alguien más las hizo importantes.

Y un día descubrimos que ya no sabemos exactamente en qué momento esa persona empezó a ocupar tanto espacio dentro de nosotros.

Así fue uno de mis amores.

Uno de esos que parecían imposibles desde el principio, pero que, de alguna manera, encontraron la forma de ser posibles.

Hasta donde pudieron.

Hasta donde supimos.

Hasta donde fue sano.

Y quizá una de las cosas más difíciles que he tenido que aprender es que soltar a alguien que amas no siempre significa dejar de sentir amor.

¿Cómo se aprende a soltar a alguien que amas?

Hubo un momento en que pensé que aquella separación sí sería definitiva.

Y quizá por eso dolía de una manera que no sabía nombrar.

No era un dolor agudo ni crónico.

Era fulminante.

Sentía el cuerpo pesado, la mente revuelta y una tristeza que parecía instalarse en cada rincón de mí.

Habíamos intentado avanzar sin el otro más de una vez.

Y quizá cada intento fallido había dejado una pequeña herida que, con el tiempo, se había acumulado hasta convertirse en una sola pregunta:

¿Cómo se deja atrás a alguien que todavía se ama?

No tenía la respuesta.

Todavía no la tengo del todo.

Éramos amigos.

Podíamos hablar durante horas, reírnos incluso en medio de las conversaciones más difíciles y ser nosotros mismos sin demasiadas explicaciones.

Había complicidad.

Admiración.

Cariño.

Y una manera particular de mirarnos ante las cosas buenas que le sucedían al otro, así como una forma de acompañarnos cuando la vida se ponía difícil.

Había deseo.

Ternura.

Confianza.

Había amor.

Y quizá por eso era tan difícil aceptar que amar no siempre alcanza para construir una vida juntos.

Amar también tiene límites

Durante mucho tiempo pensé que si dos personas se aman de verdad, tienen que encontrar la manera.

Que el amor verdadero necesariamente lucha.

Que las dificultades son pruebas que hay que atravesar.

Que si uno está dispuesto a trabajar todos los días por una relación, el otro eventualmente encontrará la manera de quedarse.

Hoy pienso diferente.

No porque haya dejado de creer en el amor, sino porque aprendí a creer también en sus límites.

Durante mucho tiempo quise convencerme de que, si existía amor, tenía que existir también una manera de hacerlo funcionar.

Quizá por eso me costaba tanto aceptar que alguien pudiera amarme y, al mismo tiempo, no estar listo para vivir ese amor de la manera que yo necesitaba.

No era necesariamente falta de amor.

No siempre era falta de cariño.

A veces simplemente éramos dos personas intentando encontrar un lugar posible para algo que sentíamos profundamente.

Y no siempre lo encontramos.

Todos esos años, todas esas pruebas, todos los momentos felices y también los más difíciles me hicieron pensar que el amor siempre atraviesa momentos de prueba.

Que amar requiere trabajo, paciencia, conversación, decisión y voluntad.

Y sigo creyendo en eso.

Pero también aprendí algo que antes no sabía:

hay una diferencia entre luchar por un amor y luchar contra la realidad.

Y reconocer esa diferencia puede doler muchísimo.

Porque uno puede querer quedarse.

Puede querer intentarlo una vez más.

Puede imaginar conversaciones, futuros, posibilidades.

Puede pensar que todavía hay algo que hacer y, aun así, llegar a un punto en el que amar también significa aceptar.

El 11 de marzo de 2021 escribí algo que, incluso hoy, siento profundamente:

“Es muy grato para mí saber que se puede realmente amar a alguien tal cual es, independiente de nuestra suerte.”

Hoy entiendo mucho más esa frase.

Porque amar a alguien tal cual es también significa reconocer que no puedo convertirlo en la persona que necesito para que nuestra historia funcione.

Significa respetar sus tiempos.

Sus decisiones.

Sus límites.

Sus miedos.

Y su libertad.

Y significa entender que mi amor no me da derecho a decidir por el otro.

Puedo decir te amo.

Puedo decir yo habría elegido esto.

Puedo decir me habría gustado que fuera diferente.

Pero no puedo decir tienes que quedarte porque te amo.

Porque entonces el amor deja de ser libertad y empieza a parecerse a una exigencia.

Y yo no quería eso.

Nunca quise poseerlo.

Quise compartir la vida con él.

Soltar no significa dejar de amar

Creo que durante mucho tiempo confundí soltar con dejar de amar.

Pensaba que para avanzar tenía que convencerme de que ya no sentía nada.

Como si sanar significara borrar.

Como si seguir adelante exigiera convertir a la persona que amé en alguien que ya no importaba.

Pero no.

Hoy sé que puedo agradecer un amor sin necesitar recuperarlo.

Puedo recordar lo hermoso sin negar lo difícil.

Puedo reconocer cuánto me marcó sin hacer de esa historia mi destino.

Puedo aceptar que alguien haya sido profundamente importante para mí sin necesitar que permanezca para siempre en la misma forma.

Quizá eso también es crecer.

Por eso vuelvo tantas veces a una idea que atraviesa mi manera de entender las pérdidas: la memoria también sabe sanar.

Recordar no tiene por qué significar regresar.

Hay recuerdos que, con el tiempo, dejan de pedirnos respuestas y empiezan simplemente a recordarnos quiénes fuimos, cuánto sentimos y todo lo que aprendimos.

Hay amores que no fracasan.

Simplemente llegan hasta donde pueden llegar.

Y eso no los hace menos verdaderos.

No todos los amores están destinados a quedarse

No todo amor que existe tiene que convertirse en una historia para siempre.

Algunos amores llegan para quedarse.

Otros llegan para mostrarnos algo.

Y algunos hacen las dos cosas durante un tiempo.

Nos acompañan.

Nos transforman.

Nos enseñan una manera distinta de mirar, de sentir, de escuchar, de entregar.

Y después la vida cambia.

Cambian las circunstancias.

Cambian las personas.

Cambian las posibilidades.

Y aunque el amor siga existiendo, quizá la manera de vivirlo ya no sea la misma.

La American Psychological Association ha estudiado también lo que ocurre después del final de una relación y señala que una ruptura puede traer sentimientos de soledad, angustia e incluso una sensación de haber perdido parte de nuestra identidad.

Pero también encontró algo que me parece importante: escribir y reflexionar sobre aquello positivo que dejó una relación puede ayudarnos a encontrar gratitud, aprendizaje y una mirada diferente sobre su final.

Quizá sanar también tenga algo de eso.

No negar lo que dolió.

Pero tampoco permitir que el dolor sea lo único que quede de aquella historia.

Cuando la respuesta de Dios no es la que esperábamos

Mi fe también ha tenido algo que decirme sobre todo esto.

Durante mucho tiempo le pedí a Dios que hiciera posible aquello que yo quería.

Hoy entiendo que también tuve que aprender a confiar cuando la respuesta no era la que esperaba.

Porque quizá tener fe no consiste solamente en pedir que algo suceda.

A veces consiste en aceptar que Dios también puede acompañarnos cuando algo no sucede como imaginábamos.

Y eso no significa que el amor haya sido menos real.

Significa que la vida es más grande que nuestros planes.

Es algo que también atraviesa Memorias de una creyente: esa búsqueda de sentido que aparece cuando lo que vivimos no termina de la forma que imaginábamos y necesitamos encontrar una manera de transformar la herida sin negar que existió.

Hay personas que dejan una huella que no desaparece.

Pero una huella no es una cadena.

Es solamente la marca de que pasamos por un lugar que nos cambió.

Y este amor me cambió.

Me enseñó que puedo amar profundamente.

Que puedo ser vulnerable.

Que puedo admirar a alguien sin idealizarlo.

Que puedo querer quedarme y, aun así, aprender a irme.

Me enseñó que puedo luchar por algo sin perderme a mí misma en esa lucha.

Y, sobre todo, me enseñó que un amor también puede ser verdadero aunque no termine de la manera en que lo soñamos.

Agradecer un amor sin necesitar recuperarlo

Quizá algún día volvamos a encontrarnos desde lugares diferentes.

Quizá no.

Ya no necesito saberlo.

Porque hay algo que sí sé:

fui feliz amando.

Fui feliz compartiendo.

Fui feliz siendo yo misma con alguien.

Y haber vivido eso ya es una forma de riqueza.

No todo lo que amamos tiene que quedarse para demostrar que valió la pena.

Algunas personas pasan por nuestra vida y nos dejan una certeza:

sí era posible amar así.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que alguien puede llevarse de una historia.

No que duró para siempre.

Sino que, mientras fue nuestra, fue verdadera.

Porque hay amores que parecen imposibles y, sin embargo, encuentran una manera de existir.

No necesariamente para quedarse.

No necesariamente para convertirse en aquello que soñamos.

A veces simplemente para enseñarnos algo que necesitábamos aprender.

Y quizá esa fue la lección más grande que me dejó este amor:

“Se puede amar profundamente a alguien tal cual es, independiente de nuestra suerte.”

Y que, algunas veces, soltar a alguien que amas también es tener la valentía de dejar que ese amor llegue hasta donde es posible.

Hasta donde es recíproco.

Hasta donde es libre.

Hasta donde es sano.

Y agradecerlo.

Porque fuiste lo más lindo que no quería que me pasara.

Pero pasó.

Y eso, precisamente, es lo que lo hace especial.