Agosto de 2016
Una carta que nunca le di a mi hermana menor.
Tengo dos días pensando en lo paradójica que es la vida.
Y quizá por eso hoy escribo esta carta a mi hermana, aunque probablemente nunca se la entregue.
Siempre pensé que yo me casaría primero que tú.
Pensaba que sería yo quien algún día tendría que recoger sus cosas, despedirse de la casa y comenzar una vida nueva. Incluso imaginaba que no sería tan difícil. Después de todo, irse de casa también hace parte de los ciclos de la vida.
Uno crece.
Se va.
Construye su propia historia.
Y la familia aprende a mirar desde lejos.
Pero ahora que la historia ha sido diferente, ahora que eres tú quien se va, entendí que quizá nunca estamos realmente preparados para despedirnos de alguien que amamos.
Por lo menos nosotros no.
Porque en esta casa siempre hemos tenido una certeza:
juntos somos más fuertes.
Y hoy, mientras veo las lágrimas de mi mamá, de mi papá, de mis hermanos, de nuestros amigos y las mías, entiendo que no estamos llorando solamente porque te vas.
Estamos llorando porque una parte de nuestra vida, tal como la conocíamos, también está cambiando.
Una carta a mi hermana y a la niña con quien crecí
Pienso mucho en nosotras cuando éramos pequeñas.
Yo tenía el papel de casera.
Tú explorabas todo lo que encontrabas.
No podías estar quieta un segundo y mucho menos quedarte encerrada en casa. Hacías travesuras, inventabas historias y tenías esa manera tuya de llenar cualquier espacio con alegría.
Eras el alma libre de la casa.
Y todavía lo eres.
Solo que la vida tiene formas curiosas de cambiarnos los papeles.
Hoy soy yo quien quiere abrazar el mundo, conocer, viajar, descubrir lugares y pasar menos tiempo en casa.
Y eres tú quien aprendió a valorar profundamente cada instante compartido con nuestros padres y con la familia.
Quizá eso es crecer:
descubrir que no siempre nos convertimos en quienes imaginábamos.
Y que, mientras nosotros cambiamos, también cambia la manera en que nos reconocemos unos a otros.
Tal vez por eso sigo creyendo tanto en el poder de escribir lo que sentimos. Hay cosas que no sabemos decir frente a frente y terminan convirtiéndose en palabras. En esas cartas para abrazar lo vivido que quizá nunca entregamos, pero que nos ayudan a comprender aquello que el corazón todavía está intentando nombrar.
Verte partir también es verte crecer
Nunca ha sido común verte llorar.
Tal vez por eso me estremece tanto hacerlo ahora.
Porque cada una de esas lágrimas lleva consigo algo que las palabras no alcanzan a explicar.
Hay nostalgia.
Hay miedo.
Hay ilusión.
Hay amor.
Hay incertidumbre.
Y, sobre todo, hay una decisión.
Te he visto llorar y, aun así, mantenerte firme.
Te he visto sentir miedo y continuar.
Te he visto despedirte de lo conocido para caminar hacia aquello que has elegido construir.
Y te admiro.
Te admiro muchísimo.
Porque irse no siempre significa dejar atrás.
A veces irse significa llevarse el amor aprendido para construir un nuevo hogar con él.
Me conmueve verte comenzar esta etapa junto a la persona que elegiste para caminar la vida.
Y me gusta pensar que Dios también está presente en este nuevo comienzo.
Que Él irá acompañando cada paso, cada decisión, cada dificultad y cada alegría.
Que habrá días fáciles y otros no tanto.
Que habrá momentos en los que extrañarás profundamente esta casa.
La comida de mamá.
Las conversaciones.
Las risas.
Las pequeñas cosas que ahora parecen cotidianas y que un día vas a descubrir que también eran parte de tu hogar.
Quizá por eso intento recordar que debemos aprender a valorar esas pequeñas cosas mientras la vida está pasando, porque muchas veces aquello que hoy parece cotidiano termina convirtiéndose en una de nuestras memorias más queridas.
Pero espero que, cuando eso suceda, recuerdes algo:
el hogar no desaparece porque uno se vaya.
El amor sabe encontrar otras formas de permanecer.
El amor entre hermanas también aprende nuevas formas
Creo que una de las cosas más bonitas que puede hacer una familia es permitir que sus hijos vuelen sin hacerles sentir que por hacerlo están abandonando el nido.
Por eso quiero que te vayas tranquila.
Que construyas.
Que explores.
Que te equivoques.
Que aprendas.
Que ames.
Que hagas de tu nueva casa un lugar donde también pueda crecer la historia que hoy comienzas.
Y que nunca olvides de dónde vienes.
No para que tengas que volver.
Sino para que siempre sepas que aquí hay raíces.
Con los años también he entendido que las relaciones entre hermanos no desaparecen cuando cambia la casa o cuando disminuye el tiempo que compartimos. Cambian de forma.
La investigación sobre las relaciones entre hermanos en la adultez también ha encontrado algo que me parece hermoso: podemos hablar con menor frecuencia cuando crecemos y comenzamos nuestras propias vidas, pero esas conversaciones pueden volverse más significativas y el vínculo seguir siendo una fuente importante de apoyo emocional.
Quizá eso también significa crecer juntos.
Aprender a estar aunque ya no compartamos todos los días el mismo techo.
A ti, mi amor chiquito:
Te admiro un montón.
Y desde el fondo de mi corazón deseo para ti una vida llena de bendiciones, abundancia, amor, prosperidad, aprendizaje y paz.
Deseo que nunca pierdas esa alegría que tenías cuando eras niña.
Que sigas siendo curiosa.
Que sigas explorando.
Que sigas atreviéndote.
Y que, cuando la vida te ponga frente a decisiones difíciles, recuerdes aquello que tantas veces hemos aprendido:
cuando elegimos obrar con amor, elegimos bien.
El amor no siempre hace las cosas fáciles.
A veces pide valentía.
A veces pide paciencia.
A veces pide sacrificios.
Pero sigo creyendo que vale la pena elegirlo.
Siempre.
Aprender a amar también es aprender a dejar volar
Hoy entiendo que quizá crecer también es esto:
aprender a querer a las personas sin necesitar tenerlas cerca todo el tiempo.
Aprender a celebrar sus comienzos aunque nos duelan sus despedidas.
Aprender que una familia no deja de ser una familia porque cambien las casas, las ciudades o las distancias.
Y aprender que algunas lágrimas no son solamente de tristeza.
A veces lloramos porque estamos viendo a alguien que amamos convertirse en una nueva versión de sí mismo.
Y eso también es hermoso.
Así que ve.
Vuela.
Construye tu vida.
Hazla tuya.
Y cuando mires hacia atrás, recuerda que hubo una niña inquieta, alegre y llena de vida que alguna vez corría por esta casa sin poder quedarse quieta.
Esa niña sigue aquí.
Solo que ahora tiene alas.
Y yo, que soy tu hermana mayor, voy a estar siempre orgullosa de verla volar.
Quizá por eso esta carta a mi hermana nunca fue realmente una despedida.
Era mi manera de aprender que amar también significa permitir que la persona que queremos construya su propio camino.
Te amo con todo mi ser.
Tu hermana mayor.